Memorias de África


El 12 de septiembre poníamos rumbo a Zanzíbar. Por aquel entonces todavía no éramos conscientes de lo mucho que un viaje así nos iba a cambiar la vida. A eso de las 12 de la mañana llegamos al aeropuerto internacional de Zanzibar. Os prometo que ya el propio aeropuerto es digno de visitar. Suleiman, el chico que nos venía a buscar al aeropuerto y que en pocas horas se convirtió en uno más de la familia, nos esperaba con un cartel “Miss Ferrer”. A mí que me gustan los cartelitos más que a un tonto un lápiz eso ya me hizo sentir como en casa. Desde el aeropuerto al sur de la isla, tardas aproximadamente una hora y poco más en coche. Creo que ni mi hermano ni yo nos esperábamos algo así:  los coches y su manera de conducir, las calles sin asfalto, las casas hechas con barro, los niños sin ropa y con pies descalzos. Por muchas fotos que cuelgue os prometo que no se puede explicar, Zanzibar hay que vivirlo, y a eso habíamos venido.




Segunda Estrella a la derecha, era el nombre de nuestro hotel (lo confieso, lo cogí por el nombre Disney que tiene)  pero las paredes blancas y el turquesa del agua hicieron el resto. El primera día África hizo su efecto: Zanzibar y yo nos enamoramos.En el sur, estuvimos tres días, fuimos a pescar, a ver estrellas de mar, delfines y todo tipo de peces habidos y por haber. Nos alimentábamos a base de pescado que podíamos pescar nosotros mismos y de la fruta que cogíamos directamente de los árboles. Pero lo mejor del sur, sin duda, son sus playas de arena blanca. El color del agua de Zanzibar, es un tono que todavía no se ha descrito; es un azul tan vivo, tan transparente, tan... tan todo que me faltan adjetivos.



Mi hermano y yo lo teníamos claro: no queríamos un viaje creado por y para el turista, queríamos vivir Zanzibar en su realidad, sus comidas, sus colores, su gente y sus olores. 

En el Hotel, conocimos a una pareja de italianos que celebraban su Luna de miel. Domenico y Domenica. Sí, es evidente, estaban destinados a estar juntos hasta antes de nacer. Nos convertimos en una gran familia y los cinco paseamos por los pueblos, fuimos a una boda, a una escuela y por la noche hasta salimos de fiesta con una tribu masay (para ponernos en situación, los masais llevan vestimentas típicas, y una espada de medio metro encima).

Haaziq, un chico que tiene mi edad (23 años), me contó que con 14 años mató a un León para poder ser aceptado en su tribu, es algo así como el mayor acto de virilidad de un hombre y una tradición en África. Os podéis imaginar mi cara (teniendo en cuenta que yo, la noche anterior puse el grito en el cielo por encontrarme un escarabajo dentro del zapato y desperté a medio hotel y que lo más parecido que hacía con 14 años es darle de comer a las palomas en plaza Cataluña) cuando me enseñó su cicatriz.


A ritmo de despacito (sí, a Zanzibar también llegó) nos despedimos del precioso Sur, de sus preciosas playas y de sus puestas de sol, que aunque parezca mentira, en el norte todavía eran más espectaculares.

Una de las cosas más impactantes de Zanzibar es la diferencia que existe entre la riqueza que se concentra en las zonas más turísticas y la pobreza de su gente local. La noche y el día toman formas de hoteles cinco estrellas y casas de barro sin ventanas. Visitamos uno de los pueblos que encontramos en mitad de la selva, y os prometo que se me subieron los colores de los principios básicos de nuestra sociedad globalizada, mercantilizada y consumista. 

Siara, una niña de 9 años que   aprende  inglés en el colegio, quiso hacerme unas trenzas, porqué le fascinaba el cabello rubio, nunca lo había visto antes.Como agradecimiento le dí una goma de pelo, le hubiera regalado hasta mi armario entero después de ver como iba vestida, pero no llevábamos nada más encima que lo puesto.  Os juro y prometo que Siara fue la niña más feliz del mundo con la goma de pelo que le regalé. Ojalá la vida les regale a esos niños todo lo bueno que se merecen y nosotros aprendamos a valorar más lo que tenemos. De camino al norte y ya con las maletas a cuestas, encontramos un par de poblados más, llegamos al norte con la mitad del equipaje, pero el espacio que faltaba lo llenamos con una buena dosis de realidad y reflexión.


Nungwi es la parte más turística de la isla, pero siempre lejos de parecerese a una Ibiza o Tailandia, sigue conservando todo su encanto. Nos alojamos en un hostal de Backpackers, y entre mochilas, tortugas gigantes, crema de sol protección 100 y nuevos amigos seguimos descubriendo el paraíso. El gerente del hostal, se hacía llamar "Crazy man" y la verdad es que no podía tener un nombre más acertado. Nunca he conocido a nadie así, pero las risas y la diversión están más que aseguradas en su hostal. Por las noches, nos reuníamos todos en el patio del hostal, y Crazy man cocinaba para todos. Por 3,70.-€ cenábamos langosta, peces recién pescados y típica comida Zanzibareña.


Después de cuatro días y tres noches intensas, cogimos entre todos un taxi hasta la capital. También se puede coger el dala dala, que por dos dolares te lleva, pero al ser tantos el taxi no subía tanto y nos ahorrábamos el estrés del dala dala (dato: una vez al menos tenéis que probarlo). 

Stone town y sus puertas preciosas me robaron el corazón. Nos alojamos en un Hotel súper pintoresco, lleno de cuadros en las paredes y con una relación calidad - precio más que excelente. Malindi guest house. Después de dejar las maletas, y hacer una ducha rápida, Stone Town nos esperaba. Nada de guías turísticos, perderos por las calles, vivid sus colores, y hartaros de los olores del mercado de especies, ésa es la verdadera esencia de Stone Town.



Para los amantes del Café, os recomiendo muchísimo la visita al Coffee House, no solo tiene uno de los mejores cafés que he probado en mi vida, sino que desde el Roof top tienes unas Vistas preciosas de toda Stone Town. Es una visita obligatoria!

Todas las comidas las hicimos en el restaurante Lukmann, rodeados de locals, y con el mejor Shawarma y los smoothies más frescos de la ciudad. Quizás exagero si digo que comimos y cenamos los 4 días por 20 euros.


Los días en Stone Town pasaron volando, y con los pies llenos de arena y el corazón contento decíamos adiós al que sin duda alguna ha sido el viaje de nuestra vida.






A mi hermano, le doy las gracias por acompañarme en esta aventura. Y a vosotros, os digo que Zanzibar supera todas las expectativas, sus colores, sus olores y sobretodo su gente.  Zanzibar que hay que vivirlo, al menos, una vez en la vida.






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